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Monday, February 09, 2004

Obstáculos

Por ejemplo cuando voy a cruzar una calle, a veces pienso que podría pasarme eso que ocurre estadísticamente a diario. Pero trato de observar a los costados con displicencia y seguir mi camino a cualquier lado. Pienso a veces que no puede ocurrirme algo así, y puedo justificarlo brevemente diciendo que soy una persona cautelosa, cuidadosa. Pero no se. Por un instante fugáz puedo saborear la sensación terrible de ese momento de terror absoluto: el coche clavando los frenos y yo girando mi cabeza hacia la muerte y de pronto un golpe seco y mi cuerpo girando como un trapo por todo el pavimento. Puedo ver que allí hay un señor, que será el primero que se acercará a ver qué ocurrió. Y hay una señora, que se quedará paralizada con su bolso en la mano. Luego los enfermeros me tocarán y me quitarán la camisa y me inyectarán cosas. Con suerte llegará algún medio de comunicación y alguna persona que no conozco dirá pobre tipo. Pienso que bastaba con mirar mejor a los costados para que no hubiese ocurrido esa tragedia. Pero me digo que es el destino. Pienso que no sé que será de mi, si realmente he muerto o qué. Habrá hospital y morgue. No sé bien por qué motivo uno no puede pensar en eso unos segundos antes, y ahora estaría en casa y hubiese seguido caminando por esa calle rumbo al colectivo. Todo lo que no fue se vuelve gris, como diapositivas. El ómnibus y la gente viéndome habitual, común, vulgar. Yo no hubiese sentido desprecio por ellos porque sería en verdad una persona vulgar camino a su trabajo y nada mas. Pero cuando eso no ocurre, cuando a pocas cuadras de la parada del ómnibus me ha atropellado un coche, todo se vuelve ensoñación. Todo se transforma y el mundo se me distancia inevitablemente. Puedo sentir que el mundo continuará girando alrededor del sol por muchos años mas y que la ciudad será siendo la ciudad y que en mi trabajo recibirán la noticia con amargura. Mis compañeros imaginarán mi cuerpo destrozado contra el pavimento y serán los testigos fantásticos de mi sangre y alguno casi la tocará. No lo sé. No quiero ser morboso en ese punto porque me volvería injusto. Me irrita el mundo sin mi, me parece un lugar sin sentido si yo no estoy allí. Me pregunto: ¿Para qué si yo he muerto?. No lo sé. Odio que alguna persona me recuerde haciendo chistes o comente alguna frase que dije cuando estaba vivo. Otros pensarán que era buena persona, un buen tipo. Todos estarán equivocados. El mundo será un espacio equivocado para mi. Yo no era una buena persona, y en cambio a menudo tengo pensamientos que reconozco enfermizos, y he pensado en la muerte de mis seres amados con tanta frecuencia que me da asco. En cambio, si hubiese ocurrido lo otro, que el coche no me hubiese atropellado y mi vida hubiese continuado normalmente, con seguridad habría pasado frente a la señora con su bolso y hubiera sido un espacio de tiempo sin sentido y hubiese visto a la cara de aquel señor que se acercó a ver mi cuerpo reventado en el cemento y no hubiese esperado de él mas que me ignore cotidianamente como yo hago con él a diario. Parado sobre el cordón miro a los costados. Puedo cruzar por ejemplo de un momento a otro. Pienso en estos casos que si yo supiese en verdad que está la muerte allí en medio de la calle esperándome, de la misma manera continuaría camino a la parada del ómnibus. Pero no se bien porque motivo me atropella un coche a esta hora de la mañana o porque la señora con su bolso no hace nada y se queda paralizada. Pienso en los seres que amo y me siento extraño, desencajado, errado. Los imagino contándome anécdotas aburridas y me veo riendo y me parezco un ser grotezco. Pienso que me dicen cosas lindas o que simplemente ocurre un momento de armonía cósmica y la instantánea es la de un ser amado mirando hacia un costado frente al río y yo que me quedo observando la escena con profunda emoción. Esas cosas que, supongo, podría extrañar. Entonces me paraliza la culpa. Me paraliza que aún sabiendo que he muerto hace unos momentos, de igual manera mi vida no tome un sentido mas concreto. Me molesta la entrega pasiva que hago de mi persona. Me siento un miserable, un cobarde, un gusano. Y se, en verdad, que todo seguirá siendo igual. Entonces parado frente a la calle, veo a los costados con otros ojos y hay allí en esa calle una muerte esperando, y hay también seres queridos hablándome o abrazándome y hay un señor que hubiese corrido por mi. Siento que esa calle no se termina nunca y pese a haber mirado a los costados y saber que no ha ocurrido ni ocurrirá nada, sé que esta realidad no es cierta. Sé que cada metro de calle que cruzo es una mentira, una realidad convencional, una costumbre humana, un impulso, como respirar. Sé que es una gran pesadilla esto que nadie observa. Se que he muerto allí, pero es un detalle, un mero detalle que no me impide seguir caminando.


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